
Es viernes. La semana se fue. Para mí fue una semana de alegrías y frustraciones. La alegría de volver a ver a mi familia en el Brasil, después de varias campañas evangélicas en el estado de Washington, límite con el Canadá. Pero también la frustración de dejar a muchos hermanos tristes en Bucarest, capital de Rumania a donde no podré ir por falta de visa. Complicaciones, ¿sabes? Burocracia humana que necesitamos respetar mientras vivamos en este mundo. Si tú llegas a un país y no tienes la visa, te devuelven al lugar de donde viniste. Es un sello, pero en realidad el sello es solo el símbolo de que las autoridades decidieron aceptarte en ese país.
A propósito, un día tú y yo, tendremos que presentar la visa para entrar al reino de los cielos. Una visa de color rojo. La sangre maravillosa de Jesús que fue derramada por nosotros en la cruz del calvario. Yo no tuve tiempo suficiente para conseguir la visa para Rumania porque demora un mes para salir, y el compromiso que tenía con ellos es el 15 de noviembre, Yo llegué a Brasilia solo el 20 y ya no alcanzaba el tiempo. No podía dejar el pasaporte aquí, porque lo necesitaba mientras estaba en los Estados Unidos. Bonita disculpa, ¿no es cierto? Tal vez sí, seguro que sí, y supongo que los hermanos en Rumania van a entender, pero si no tengo la visa de la gracia de Cristo cuando Jesús vuelva, no habrás disculpa que sirva.
¿Y ahora? Solo lamentar, no viajar, dejar tristes a los hermanos, y aceptar el plan de Dios. Esa fue la grande lección que la vida me enseñó. Si las cosas no salen como querías, a pesar que te esforzaste para que todo saliese bien, confía en Dios y acepta sus planes. Aunque no lo entiendas, los planes de Dios siempre son mejores que los nuestros.
Por eso, si en tu vida también hay algo que, esta semana, no salió como querías, descansa en los brazos de Dios, llévale a El tus ansiedades, la próxima semana será otra página en blanco y verás que Dios no se equivoca. ¡Que Dios te bendiga!